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En tapa Entrevistas

Cómplice de mil ilusiones

 

Por Julián Stoppello

Laly Mainardi vistió a la gran mayoría de actores y actrices paranaenses y hace ya siete años está a cargo de la Sastrería Teatral Municipal. Laly Mainardi conoce el oficio como nadie. La clave está en la simpleza, analiza, porque “si el vestuario es más que la palabra, estamos mal”. Un repaso por la vida de una mujer que se repuso de un golpe tremendo, auxiliada por una pasión.

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“Se que un día salí de mi casa y volví a los dos meses”, dice Laly Mainardi, sentada detrás de su escritorio en la sastrería teatral municipal, flanqueda por dos filas de prendas colgadas sobre soportes invisibles.
La historia de esa frase, inquietante por cierto, es aún más fuerte que la enunciación, pero a la vez no es otra cosa que una porción en la vida de una mujer especialmente talentosa para detectar, a la perfección, la mejor manera de vestir a los artistas que suben a escena.
Hacer nada más que tres años, Laly Mainardi estaba trabajando para una obra que se titulaba El Guapo y la Gorda y de un momento a otro perdió la conciencia. El diagnóstico: un infarto cerebral.
“No se como me recuperé, creo que desde la inocencia de querer recuperarme. La prioridad fue volver a caminar. Después de diez días de no acordarme absolutamente de nada, cuando me vi en sillas de ruedas, me dije cómo salgo de acá”.
Laly habla en voz alta, pero también se interrumpe, escucha, atiende y es de esas personas que acortan cualquier tipo de distancia en el momento mismo del buen día, mi nombre es fulano de tal. Entre sus dones, indudablemente, figura cierta sensibilidad afectiva, que permiten a su interlocutor una cómoda familiaridad, de forma prácticamente inmediata. En ese ámbito ella describe las consecuencias de la enfermedad, pero también se remonta a los mejores años de su infancia o a las claves de un oficio que la llevó de gira con una obra del Teatro Cervantes, protagonizada por dos primerísimas figuras como Alejandra Darín y Osmar Núñez.

“Se que un día salí de mi casa y volví a los dos meses”

 

LAS ROSAS. Gladys Mainardi, así su nombre legal, nació hace 55 años en la ciudad de Las Rosas, al sur de la provincia de Santa Fe, hija de un padre bancario y una madre ama de casa.
“Mis mejores recuerdos son en Las Rosas, mi felicidad más grande era, en los días lluvia, juntar renacuajos de la cuneta. Eso y después ir a una carpintería que estaba al lado de la casa de mi abuela. Para mi era mágica e inmensa”.
A sus seis años, la familia se mudó a Paraná y Laly comenzó a estudiar en la Escuela Sarmiento. Recién nacía el primero de sus tres hermanos varones y la vida transcurría entre la escuela, el juego y un prematuro desarrollo de sus habilidades manuales.
“De chiquita me llamaba mucho la atención tejer y bordar, lo que hacían mis tías. Pero además, en aquellos tiempos, era como que todo se fabricaba en la casa, desde los juguetes hasta las herramientas y los utensilios. Yo desarrollaba mi habilidad manual y estoy marcada por eso”.
Laly recuerda especialmente a “una tía que bordaba a máquina” y dice que “para mi era mágico, incluso son cosas que tengo guradadas y todavía me llaman la atención”. Las primeras experiencias fueron “haciendo lío con hilos y agujas”, intentando algunos “cuadraditos”, con la dificultad extra que significaba ser zurda y que nadie alrededor pueda allanarle el camino de acuerdo a esa particularidad, nada amigable para la época.

 

“De chiquita me llamaba mucho la atención tejer y bordar, lo que hacían mis tías”.

DESTINO. Laly se dedicó por mucho tiempo a su familia, trabajó en un comercio que nada tenía que ver con su sensibilidad estética y también hizo decoraciones de salones. En rigor, su relación más fuerte con el teatro y el vestuario comenzó a través de uno de sus hijos.
“Cuando Federico empieza a hacer teatro con Favio Videz me vinculo como mamá y empiezo a fabricar su ropa”, describe y aclara que “siempre me llamó la atención la ropa de teatro”.
“La ropa de teatro formó parta de la vida de una persona y se transforma en ropa para teatro. Eso tiene una energía especial. Creo que el actor cuando genera un personaje pone cosas propias y en la ropa te podés involucrar de otra manera. Aunque sea un pañuelo, algo básico. Sabés que eso va a formar parte de una persona y un personaje al mismo tiempo”.
Hace ya más de 20 años que Laly Mainardi realiza trabajos para el Teatro 3 de Febrero, pero sólo siete desde que está cargo de la Sastrería Municipal. Con sus manos creó buena parte de los atavíos utilizados por todos los actores y actrices de la ciudad, más los integrantes de las óperas que se desarrollaron con gran suceso en Paraná algunos años atrás. Justamente a través de su desempeño para espectáculos como Aida o Carmen, por mencionar algunas óperas, se abrieron las oportunidades que desencadenaron, por ejemplo, en el trabajo que hoy realiza para el Cervantes en Un informe sobre la banalidad del amor.
“Soy sumamente feliz porque puedo trabajar en lo que me gusta”, dice Laly y detalla que “no solamente me gusta este lugar de trabajo –por la sastrería- que es lo mejor que me pasó en la vida, también en obras de teatro soy inmensamente feliz”.

 

“Creo que el actor cuando genera un personaje pone cosas propias y en la ropa te podés involucrar de otra manera”.

OFICIO. La experiencia como vestuarista y actriz, las incontables obras en que estuvo involucrada, el tiempo y la percepción, recomiendan la simpleza, según Laly. Es decir, si bien para el vestuarista “la felicidad más grande es cuando el actor termina la función y te dice que es eso Y NO OTRA COSA lo que quería tener puesto”, no significa que la creación deba ser espectacular o llamativa. Por el contrario, “si el vestuario es más que la palabra, estamos mal”, define ella.
“El vestuario es algo más dentro de un equipo de trabajo, donde está la iluminación y el sonido, por ejemplo. Si a vos te llama demasiado la atención la escenografía y el vestuario, te distraes con eso y cuando comenzás a escuchar la historia, pasó media hora. Tiene que ser algo para vestir al actor, pero desde la simpleza”, considera la especialista.
Laly no trabaja con dibujos por el problema de salud que se lo impide, su herramienta fundamental en cambio son los ensayos. “A partir de ahí tengo más claro lo que el actor necesita. Yo debo saber qué hace el actor arriba del escenario y fundamentalmente el actor tiene que ensayar con lo que va a tener en los pies. Porque caminar el escenario es muy importante”.
De todas formas, reconoce, “no me resulta tan difícil realizar los trabajos, los pienso, los resuelvo, los voy poniendo sobre la tela. Y los resultados hasta ahora han sido satisfactorios”.

 

“Si a vos te llama demasiado la atención la escenografía y el vestuario, te distraes con eso y cuando comenzás a escuchar la historia, pasó media hora”.

RECUERDOS. Ahora en septiembre, recuerda Laly, se cumplen tres años del primer impacto de una enfermedad que dejó sus huellas. “El infarto me condicionó en algunas cosas, me afectó parte del equilibrio, entonces no camino mucho, no estoy mucho tiempo parada y trabajo, pero no me preguntes cómo”, dice y señala, además, el parche color piel que oculta su ojo izquierdo. “Esto que tengo es otra consecuencia de lo mismo, el síndrome de Weber se llama, te paraliza los globos oculares. Justo a mi. Para poder ver tengo que tener un ojo tapado, porque sino veo 25 mil veces lo mismo”.
laly2Con la misma sensible familiaridad que se contacta con los otros y con el mundo, Laly Mainardi admite y cuenta que “estuve un año muy enojada conmigo por lo que me pasaba”, y reconoce también que “porsupuesto me cuesta todo mucho más”. Sin embargo subraya que “después está en vos” y sostiene que “no quiero ser ejemplo para nadie, sólo para mi”.
Laly dice que “uno no se termina de acostumbrar”, pero asegura que “pasa”, que “ya pasó” y más que eso, dice que “estoy trabajando inmensamente feliz”.

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