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“Las personas valen por lo que pueden dar”

 

Julián Stoppello

Julio Federik es abogado y poeta. Fue campeón sudamericano de esgrima, director de Minería en el gobierno de Cresto, defensor de pobres y menores, abogado de perseguidos políticos, candidato a gobernador, convencional constituyente. “Cuando tengo que pelear, peleo y no me he ido mal en la pelea”, dice Julio Federik. Una vida entre la pasión y el drama del derecho penal, el peronismo y la poesía.

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“El entrelazado de las palabras también es un oficio que he tratado de aprender”, dice Julio Federik en algún momento de la entrevista y ese entrenamiento se percibe en frases justas, con remate y sentido del impacto. Federik cierra sentencias, casi al paso, con reminiscencias poéticas y al mismo tiempo se permite algunas digresiones para recordar o, mejor dicho, valorar personas que conoció y admira, en un estilo típicamente paranaense. Federik es local, a fondo. Yo me apego a la tierra en que he nacido/Aquí están mis recuerdos y mis sueños/Aquí creció la sed de mis empeños/Y aquí seré feliz o habré perdido. Dice el poeta.
La casona de calle España está completamente remozada. Es luminosa y sumamente cálida por ese efecto acogedor que provoca la abundancia de madera. Luz y madera. Seguramente también incide la presencia de los cuadros, los libros, el piano, el arpa. El estudio de Federik da a la calle, tiene dos computadoras y algunas fotos, la mayoría son retratos de sus hijas. Hay también una pelota colorada sentada sobre la boca de un trofeo. Parece desubicada, pero es el símbolo de una espera, larga espera por cierto: viene en camino el primer nieto varón, después de cuatro hijas y cuatro nietas.
En este estudio Federik trabaja y escribe, escribe y trabaja. La poesía, dice, tiene un lugar exclusivo en los días de descanso. “Yo soy un escritor de fin de semana, me impongo escribir en esos momentos”.

“El entrelazado de las palabras también es un oficio que he tratado de aprender”

EL CAMINO DEL PADRE. El padre de Julio Federik fue procurador y poeta. Su madre, maestra de música y francés. “En casa se leía poesía, mi madre era una mujer muy culta y tenía una predilección especial y muy buen gusto por la poesía. Francesa, española. De ahí me vine la afición hacia los autores clásicos. Cuando empecé a balbucear los sonetos, me puse a estudiar a Quevedo, a Góngora y a Garcilazo con alguna profundidad”, menciona.
Federik siguió los caminos de su padre y empezó por el deporte.
“Mi viejo practicaba esgrima, yo iba a los torneos a acompañarlo y ahí empecé. El me enseñó al principio y después fui tomando clases con distintos maestros, hasta que una vez fui a un torneo en Buenos Aires y lo gané”.
A partir de entonces acumuló por lo menos dos títulos argentinos, un campeonato sudamericano y otro internacional. A los 22 años -“tal vez en mi mejor momento”- dejó el esgrima competitivo reconociendo claramente que “mi vida no se podía ceñir a la habilidad con una espada”.
Federik, desde entonces o desde siempre, está familiarizado con la pelea, con la lucha. Lo que afronta más que juicios son batallas.
“No he sido una persona pendenciera, pero cuando tengo que pelear peleo y no me ha ido tan mal”, considera.
“En la esgrima he tenido la suerte de pelear con campeones del mundo y me he sentido honrados con su respeto. Y en la profesión, en los juicios orales me ha tocado pelear en muchos momentos. Yo que no discuto en el plano personal o en las reuniones sociales, cuando entro a un juicio el que tengo enfrente sabe que voy a pelear con toda mi pasión. Especialmente si tengo un caso en el que me acompaña un convencimiento profundo, como son la mayoría de los casos que tomo ahora”.

“No he sido una persona pendenciera, pero cuando tengo que pelear peleo y no me ha ido tan mal”

LITERATURA. La inquietud por la literatura es originaria y fue transmitida por lazos sanguíneos. “De chico me gustaba la versificación y después me di cuenta que la poesía y la versificación son cosas diferentes. Y que el poema y la poesía son cosas diferentes. La poesía es la magia que uno a veces encuentra y a veces no. Esa magia que proviene de alguna intuición simple, de alguna forma especialísima que uno vuelca en la palabra”.
A los 19 años Federik lanzó en venta anticipada su primer libro y a los pocos meses salió Esta es mi sangre. “Tenía coplas, un soneto mal hecho, pero tenía un alejandrino muy bueno”, recuerda.
En el camino fue profundizando su relación con la poesía, con los sonetos especialmente, con la literatura en definitiva, hasta convertirse en un referente de las letras entrerrianas.
“El conocimiento de un tipo inquieto y desordenado como yo es como un viento que trae una serie de matices y uno no sabe en dónde prende el último matiz de ese perfume”, analiza Federik y explica que muchas veces desconoce u olvida el origen de la información que procesa y acumula.
“Es que tengo una enorme capacidad de olvido, lo que tiene sus ventajas porque me olvido de cosas respecto a las cuales debiera guardar rencor”.

“De chico me gustaba la versificación y después me di cuenta que la poesía y la versificación son cosas diferentes. Y que el poema y la poesía son cosas diferentes”.

HISTORIA . Mientras terminaba la carrera de abogacía, Federik ya integraba los Comandos Tecnológicos del peronismo. Ni bien asumió Enrique Tomás Cresto la gobernación de la provincia en 1973, el flamante abogado fue nombrado Director Provincial de Minería y más tarde Defensor de Pobres y Menores. Se fue cuando llegó la dictadura e instaló su estudio con Marciano Martínez.
“Notificamos por edictos a todos los colegas que íbamos a hacer una gran joda en el Colegio Abogados para sellar nuestra unión. A partir de ahí estuve en la profesión, no tuve ningún otro cargo hasta ser convencional constituyente”.
En el 95, sí, Federik fue candidato a gobernador por el Frepaso. “Fue una linda patriada, estábamos en contra de Menem y había que armar una jugada provincial para acompañar a Bordón y el Pilo me pide que sea el candidato a gobernador. Obviamente salí tercero cómodo, pero metimos tres diputados y fue la primera vez que apareció una tercera fuerza con presencia”.
El principio de su exitosa carrera profesional fue justamente en aquella sociedad con Martínez. “Tuvimos una actividad profesional muy intensa. Yo le tengo admiración a Marciano Martínez, es uno de los abogados vivos que conozco, es un abogado lector, con mucha valentía, inteligencia, un gran abogado. Con muchos contrarios también, él había sido ministro de Fabre y un ministro importante”.
Federik recorre los casos más resonantes, defensas a perseguidos políticos, el caso Calero, la AMIA, el caso Marcos y una lista extensísima de historias, algunas que parecen olvidadas y que en su momento sacudieron a la ciudad y a la provincia y se apropiaron de la tapa de los diarios.
Lo difícil es pensar a un abogado que luego de afrontar un juicio oral, de repasar una historia muchas veces cruel, la mayoría con funesto final, vuelve a su casa y se enreda en al poesía. Federik convive con esas realidades.
“El derecho penal está íntimamente ligado al dolor y también, a veces,
cuando se resuelve una historia, con la alegría”, dice.
Pero lo valioso, estima, no es esa extraña combinación. Lo realmente importante es otra cosa. “Las personas no valen por lo que son, valen por lo que pueden dar. Hay tipos que son magníficos, enormes estaturas y los aplaudo. Pero yo tengo me íntima convicción de que la gente vale porque lo que puede servir a los demás”.
Su desafío, dice, está clarísimo. “La generación mía, extraviada o no quiso cambiar el mundo. Ahora tenemos algunas parcelas para cambiar. Yo estoy comprometido en cambiar la justicia”.

 

Encuentros con Juanele

Julio Federik venía de ganar un campeonato argentino de esgrima, Juan L. Ortiz de recibir el premio nacional de poesía. Se encontraron en la Estación Lacroze, felices los dos por sus triunfos.
“Nos sentamos juntos, él me contaba de su viaje a China y me decía lo agradecido que estaba con mi viejo porque lo había llevado a pasear en avión y le había quitado el miedo a volar”.
Con el dinero de ese premio, recuerda Federik, Juanele se compró un Fiat 800, aunque ni él, ni su esposa, ni su hijo sabían manejar. “Así que yo salí de chofer de Juancito muchos sábados”, recuerda.
Otro encuentro memorable con el poeta fue durante un viaje a un congreso de escritores. Juanele viajaba con Julio Federik y su padre, en un torino. “En un momento se me cruza una liebre y la llevo por delante, tuvimos que parar, llevar la liebre abajo de un arbolito y Juancito le rezó un responso laico. Estuvimos ahí en meditación un rato largo, porque él estaba muy acongojado”.

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