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Asef Bichilani, el pintor verdulero

Anécdotas de churrasquero es un excelente blog gualeyo que dirigen Evangelina Gálligo y Edgardo Lois (http://anecdotasdechurrasquero.blogspot.com.ar). Se dedica a rescatar a todos los hacederos culturales de esa prolífica cantera artística que es Gualeguay. Allí, nos cuentan historias de los protagonistas del siglo XX como Manauta, Cachete González, Juan L. Ortiz, Emma Barrandéguy y tantos otros talentosos.
De ahí tomamos esta nota firmada por Violeta Arrigui, en la revista Columna sobre el pintor Asef Bichilani y la compartimos con ustedes.
Su título es: “Asef Bichilani, El pintor verdulero”, la fecha: agosto 1939.

 

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Es muy interesante entrar en ciertos lugares de la nota: “¿Quién es Asef Bichilani? Esto parece el comienzo de un cuento, de uno de esos cuentos intrascendentes, con que se llenan huecos en revistas y diarios, pero Asef Bichilani, no es un producto de la imaginación; vive, trabaja, sueña y pinta; pinta en las poquísimas horas que su trabajo le deja libres, porque Asef es un muchacho pobre, pobre y bueno, que vende verduras diez horas diarias, que tiene la casi responsabilidad de un hogar, sobre sus juveniles espaldas, y un alma grávida de sueños, que se marchitan en la vana esperanza de un milagro, de ese milagro que le permita cristalizar esos sueños, un puñado de dinero, nada más…
Es realmente notable la voluntad de este artista de alma; arde una llama sagrada en su espíritu; hace tiempo que sus telas están llamando la atención, lo que es mucho decir en un ambiente cerrado a las manifestaciones del arte como es el nuestro, es decir, para el arte que se manifiesta como fruto del pueblo; aquí se rinde culto al extranjerismo; cualquier mequetrefe que llegue de afuera con un nombre con muchas ‘efes’, es recibido con entusiasmo; en cambio, es aplastante la indiferencia y la apatía, la casi hostilidad del entorno, cuando ese mismo arte tiene sus manifestaciones en un hijo del terruño; Asef Bichilani es una prueba más del acertado aforismo de que ‘nadie es profeta en su tierra’.
La pobreza es el mayor enemigo de este muchacho nuestro, ‘su atellier’, si puede llamarse así a un rincón, con una altísima ventana, luz escasa y mala, ni siquiera un caballete (es demasiado optimismo llamar caballete a lo que hace de tal).
Abundan allí las bolsas de papas, cajones vacíos, y una colección de tarros de pintura de los de cuarenta centavos el medio kilo. Él mismo prepara sus lienzos; para ello, coloca sobre un género de hilo, varias capas de pintura blanca, y también pinta sus marcos, todo esto en las horas en que no debe cumplir con la apremiante labor de vender repollos y zanahorias a sus convecinos.
(…) Bichilani, para pintar una de sus telas, debe trasladarse muchas veces a leguas de distancia de la ciudad, como ocurrió cuando estuvo trabajando en su ‘Estudio de colores’. Estuvo en un lugar de la costa, donde lo sorprendió la noche, que hubo de pasar a la intemperie con una temperatura invernal, en que el aire tenía filo como las navajas; por si esto fuera poco, alguien que lo acompañaba, y que no participaba por lo visto de su amor a la belleza, molesto por tantos inconvenientes, lo dejó solo, no sin antes arrojarle al río sus queridos estudios.

 

 

Abundan allí las bolsas de papas, cajones vacíos, y una colección de tarros de pintura de los de cuarenta centavos el medio kilo.

(…) Sin nada más que un pedazo de tela, pintura de pintar puertas y ventanas, pinta; ni siquiera necesita los pinceles, ni las espátulas. ¿Son acaso pinceles los que él posee? Pero así y todo, sin más estímulo que las sonrisas burlonas de personas de mucho ‘volumen’ social, pero vacías espiritualmente, este valiente muchacho, animado por un grupo de estudiantes, juventud generosa que suele poseer un corazón bien puesto, allí donde en general triunfa sólo el egoísmo, organizó una exposición de sus obras en el subsuelo del teatro Mayo. Esta valentía lo pinta de cuerpo entero; es un muchacho que no sabe ni supo nunca de academias, ni de estilos, ni de los mil y un detalles técnicos del difícil arte que interpreta; sin embargo él, que pinta por natural necesidad de su espíritu, así como los pájaros cantan porque nacieron para eso, que pinta, a falta de pinceles, con el cuchillo y hasta con los dedos, él, repito, ofreció al público un conjunto de obritas que sorprenden por su naturalidad y su colorido; es sobre todo Bichilani un paisajista intuitivo, y algunos de sus cuadritos, tales como ‘Quietud’, ‘Tardes doradas’ y otros más cuyo título escapa a mi memoria, nos hacen permanecer silenciosos y pensamos: hay algo en ellos.
(…) Hay en nuestro pueblo muchas personas a las cuales Dios no concedió hijos, y que gozan de bienes de fortuna que no podrán gastar en toda su vida, aunque ésta sea más larga que la de Matusalén. ¿Creen ustedes que alguno de ellos compró uno de los cuadritos que expuso Bichilani? No; ni siquiera para fomentar ese secreto fuego, esa llamita interior, que arde luminosa cuando sopla sobre ella la brisa vivificante y fresca de un sentimiento de comprensión para lo nuestro, para lo que llevamos dentro, y que debemos ahogar, o llevarlo lejos, para que no nos mate la indiferencia, la mala voluntad, el desdén de los demás.
(…) Mientras tanto, Bichilani seguirá llevando al lienzo cuanto trozo de paisaje impresione su rutina: árboles, agua, cielo, rincones encantados de nuestras costas del Gualeguay, así, sin nada más que sus manos, su voluntad y un gran corazón de niño, en el que anida un alto y sublime ideal de belleza, que él pugna dolorosamente por expresar”.
Es sumamente interesante la mirada de Violeta sobre Gualeguay y su gente, puesta esta mirada en relación directa con la defensa del intento artístico de Bichilani. Señala Violeta las bondades del artista, revela detalles de su vida, de su sacrificio, y da una información, como testigo directa, sobre el atelier de Bichilani. En esa descripción hay una referencia que me hizo recordar el testimonio de Zélika sobre el lugar donde Asef pintaba en su casa: “Y él no sé cómo hacía, pintaba en un lugar muy oscuro, en la habitación de la esquina”, testimonio que data de muchos años después de lo visto por Violeta: “con una altísima ventana, luz escasa y mala”. Es entonces que pienso, imagino a Bichilani eligiendo, por acostumbramiento devenido en receta para la creación, un lugar oscuro para trabajar, para encontrarse con las nieblas y con el reinado de la luz en la tela, como si todos estos elementos solo pudieran ser si recreaba con éxito el ambiente, el aroma, el sabor de su lugar primero en la verdulería. Desde la cuna a la tumba, una misma sintonía de oscuridad que lo llevaba a soñar con el triunfo de la luz.

 

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La revista “Columna” fue fundada y dirigida por el escritor y poeta César Tiempo entre 1937 y 1942. César Tiempo prologó el primer libro de Violeta Arrighi: “Mediatarde” (1938). Violeta escribió una buena cantidad de cartas a César entre enero de 1936 y noviembre de 1947. Todas escritas desde Gualeguay, salvo una, en 1941, enviada desde Montevideo. La amistad con César Tiempo, creo, se pudo dar a través de Francisca, su madre, o de la mano del librero Ernesto Hartkopf.

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